Entre 2005 y 2008 la producción convencional de petróleo comenzó a ser menor que su consumo. A esta situación se la conoce como peak oil o cénit petrolero: se alcanzó la tasa máxima de extracción global de petróleo a partir de la cual la producción entró en un declive terminal. Es por esto que en aquellos años comenzó a hablarse de la escasez del “petróleo barato”.

Es innegable que hoy existe un proceso de restricción en el uso de las energías fósiles: el barril de petróleo cuesta 90 dólares y seguramente llegará a los 100 dólares en las próximas semanas. Al mismo tiempo se suma la escasez de carbón y gas, hay amenazas de guerra en Europa y se profundizan los problemas de abastecimiento y logística.

Sin embargo, el tema es otro y consiste en cómo caracterizamos esta escasez. Por un lado, para la perspectiva económica dominante se trata de una situación transitoria que debería terminar pronto. Por otro lado, para el paradigma alternativo, estamos frente a una grave crisis energética global que llegó para quedarse pues la extracción de las energías fósiles ya alcanzó su máximo y entró en declive.

En abril de 2019 la producción mundial de petróleo obtuvo su máximo promedio en doce meses con 83.130.000 barriles por día y desde aquel entonces este promedio nunca más pudo superarse. Estos datos señalan que, con estos niveles de producción, los seres humanos estaríamos sobrepasando otro límite del planeta.

En este contexto no llama la atención que la Unión Europea esté viviendo un caluroso debate interno: una parte de la dirigencia quiere validar a la energía nuclear y al gas como energías limpias y sustentables y países como España y Noruega se oponen a esta rebuscada clasificación.

Lo que estamos viendo en Europa es, en la práctica, una transición energética al revés: se está pasando del gas al carbón, según lo reconoce la Agencia Internacional de Energía, cuando habría que hacer justamente todo lo contrario y pasar de las energías fósiles a las renovables.

Desde nuestro punto de vista, la escasez de energía no hace más que acentuar la crisis civilizatoria que estamos viviendo. El líder chino Xi Jinping dijo que las bajas emisiones de carbono en China no deberían interferir en la “vida normal” de las personas. Estas declaraciones nos hacen pensar que la mayoría de los países buscarán hacer frente a la crisis climática de la misma manera: tratando de no modificar las formas y estilos de vida.

Otro aspecto que tensiona esta situación es el uso de las monedas digitales que utilizan energía de las computadoras. Este no es un tema menor. Según un estudio de la Universidad de Cambridge, si el Bitcoin fuera un país consumiría más energía que Argentina y ocuparía el puesto 29 en el ranking de consumo energético mundial con 129 TWH en 2020. De esta forma, si el Bitcoin se transformara en una moneda global en lugar del oro o el dólar, habría que duplicar la producción de energía lo que sería un desastre ambiental.

Mientras estas crisis (como la energética) se traten de “mitigar” lo único que se conseguirá es agravarlas: cada día tendremos menos energía. En cambio, deberíamos comenzar a realizar desde ahora una adaptación profunda. Podemos vivir mejor con menos energía si dejamos de derrochar, eliminamos el consumo superfluo y utilizamos otras fuentes de energía más amigables con el medio ambiente.

La sobrevivencia de la especie humana, de nuestras comunidades y poblaciones tendrá lugar a partir de un movimiento ciudadano, impulsado “desde abajo”, ligado a nuestras realidades locales y con prácticas y planes de adaptación que consideren a las personas y comunidades como actores de su propia realidad. Como siempre decimos, el tiempo de actuar es ahora.

Manuel Baquedano

Instituto Ecologia Politica

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